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La belleza de la mujer madura: aprender a mirar nuestras arrugas de otra manera
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La belleza de la mujer madura: aprender a mirar nuestras arrugas de otra manera

Los objetos que se gastan, envejecen y dejan de parecer nuevos pierden valor a nuestros ojos. Una taza se rompe, un mueble se deteriora, una prenda deja de estar de moda… y enseguida pensamos que ha llegado el momento de reemplazarlos.

Vivimos rodeados de la idea de que lo nuevo es mejor y de que aquello que presenta signos de desgaste debe ser sustituido. Una filosofía muy ligada a la sociedad de consumo y a esa búsqueda permanente de la perfección que nos hace creer que solamente puede ser bello aquello que está nuevo, impecable y sin ninguna imperfección.

Pero ¿qué ocurre cuando aplicamos esta misma mirada a las personas?

¿Por qué la belleza tiene que tener una edad?

Las mujeres estamos especialmente sometidas a esta presión. Con demasiada frecuencia se nos valora por nuestro aspecto físico y parece que, a partir de cierta edad, empezamos a perder algo más que la juventud: parece que perdiéramos también nuestro derecho a ser consideradas bellas.

Durante décadas, la publicidad, las revistas, las redes sociales y los medios de comunicación nos han repetido, de una u otra manera, que la juventud es el ideal de belleza.

Y ahora que empezamos a ver más mujeres mayores en las campañas publicitarias, cabría pensar que algo está cambiando.

Pero no siempre es así.

A veces basta con poner unas bonitas canas a una mujer joven, añadirle un poco de maquillaje y presentarla como una mujer madura. El resultado puede ser estéticamente precioso, pero no necesariamente representa a las mujeres que realmente han cumplido 50, 60, 70 años o más.

Porque una mujer mayor no es una mujer joven con canas.

El tiempo cambia nuestro rostro. Cambia nuestra piel, nuestros ojos, nuestros labios, nuestro cuerpo. Aparecen arrugas, manchas, ojeras, líneas de expresión y párpados que ya no tienen la misma firmeza.

 sí, se nos nota la edad.

¿Y qué?

El rostro también cuenta nuestra historia

Por mucho que intentemos cuidarnos —y cuidarnos es maravilloso—, el paso de los años deja huella.

Lo preocupante es que hemos aprendido a mirar esas huellas como si fueran desperfectos que hay que corregir.

Una arruga.

Una mancha.

Una ojera.

Un párpado caído.

Una piel que ya no es tersa.

¿Cuántas veces hemos mirado nuestro propio rostro y hemos pensado inmediatamente en todo aquello que deberíamos ocultar?

Y lo más curioso es que muchas veces somos nosotras mismas nuestras juezas más implacables.

Nos miramos con los mismos ojos con los que la publicidad nos ha enseñado a mirarnos: buscando defectos, comparándonos con una versión más joven de nosotras mismas y tratando de recuperar algo que, sencillamente, ya no somos.

Pero nuestras arrugas no han aparecido por casualidad.

Son el resultado de haber vivido.

Son las huellas de años de sonrisas, de preocupación, de concentración, de dolor y de lágrimas. De noches sin dormir, de momentos felices y de otros que nos hubiera gustado olvidar.

Nuestra piel también recuerda los veranos al sol, los días de frío y viento, los paseos, los viajes, las enfermedades superadas, los abrazos, las risas y todas esas experiencias que han ido construyendo quiénes somos.

Un rostro maduro no es un rostro deteriorado. Es un rostro vivido.

El kintsugi y la belleza de las imperfecciones

Hay una tradición japonesa que me parece una metáfora preciosa para hablar del envejecimiento: el kintsugi.

El kintsugi es una técnica tradicional japonesa que consiste en reparar piezas de cerámica rotas utilizando una laca que incorpora polvo de oro. En lugar de intentar esconder las grietas, las hace visibles.

La rotura deja de ser algo que hay que ocultar y pasa a formar parte de la belleza de la pieza.

Cada grieta cuenta una historia.

Y, después de ser reparada, la pieza no vale menos por haberse roto. En cierto sentido, su historia la hace todavía más especial.

Me gusta pensar que podemos mirar nuestro propio rostro de una manera parecida.

No necesitamos fingir que no han pasado los años.

No necesitamos borrar cada señal de envejecimiento para demostrar que seguimos siendo atractivas.

Podemos cuidar nuestra piel. Podemos maquillarnos. Podemos utilizar aquello que nos haga sentir bien.

Pero cuidarnos no debería significar declarar la guerra a nuestra edad.

Envejecer no debería ser algo que esconder

En nuestra cultura, todavía existe una enorme presión para aparentar menos años.

“¡Qué bien estás para tu edad!”

“¡No parece que tengas tantos años!”

“¡Qué joven te ves!”

Son frases que suelen decirse como cumplidos, pero quizá deberíamos preguntarnos por qué asumimos que parecer más joven es siempre algo bueno.

¿Y si estuviéramos igual de orgullosas de parecer exactamente la edad que tenemos?

¿Y si una mujer pudiera decir tranquilamente: “Tengo 60 años y me gusta mi cara”?

Sin disculparse.

Sin justificarlo.

Sin necesidad de parecer de 45.

Creo que ha llegado el momento de permitirnos algo tan sencillo como parecer nuestra edad.

Y también de descubrir que una mujer puede seguir siendo coqueta, elegante, atractiva, sensual, divertida y profundamente femenina a cualquier edad.

Maquillarse para disfrutar, no para esconderse

Aquí es donde el maquillaje adquiere para mí un significado especial.

El maquillaje para mujeres maduras no tiene por qué ser una herramienta para borrar los años. Tampoco tiene que intentar convertir una piel madura en una piel de veinte años.

Puede ser algo mucho más interesante: una forma de cuidarnos, expresarnos y disfrutar.

Maquillarnos puede ayudarnos a descubrir cómo ha cambiado nuestro rostro y a encontrar nuevas maneras de realzar su belleza.

Porque una piel madura tiene unas necesidades diferentes. Los colores pueden comportarse de otra manera, las texturas pueden necesitar adaptarse y las técnicas que utilizábamos a los 30 quizá ya no sean las que más nos favorecen a los 50, 60 o 70.

Y eso no es un problema.

Es una oportunidad para aprender algo nuevo sobre nosotras mismas.

En Allegra Mature Makeup quiero reivindicar precisamente esa mirada: la del maquillaje que acompaña a la mujer madura en lugar de intentar convertirla en otra persona.

Maquillarnos para sentirnos guapas.

Para divertirnos.

Para experimentar.

Para cuidarnos.

Para salir al mundo como somos.

No para ocultar que hemos vivido.

La belleza después de los 50 también merece ser celebrada

Quizá necesitamos cambiar nuestra definición de belleza.

Dejar de pensar que una arruga es una imperfección y empezar a verla como una característica de un rostro que ha vivido.

Dejar de perseguir eternamente la juventud y empezar a descubrir la belleza de cada etapa de nuestra vida.

Porque no hay nada malo en querer cuidarse. No hay nada malo en querer maquillarse, arreglarse o sentirse más favorecida.

Lo que sí merece ser cuestionado es la idea de que solamente podemos ser bellas si conseguimos parecer más jóvenes.

Yo propongo otra cosa.

Propongo que las mujeres maduras tengamos permiso para parecer nuestra edad y sentirnos estupendamente con ella.

Que podamos enseñar nuestras canas, nuestras arrugas y nuestras líneas de expresión sin sentir que tenemos que pedir perdón por ellas.

Que podamos maquillarnos mucho o poco, seguir las tendencias o ignorarlas, llevar los labios rojos o la cara lavada.

Que podamos decidir libremente cómo queremos vernos.

Porque maquillarse no tiene por qué significar ocultar.

Puede significar descubrir

Descubrir una nueva forma de mirar nuestro rostro.
Descubrir nuevos colores.
Descubrir nuevas técnicas.
Y, sobre todo, descubrir y disfrutar de la belleza de la mujer madura.

Como en el kintsugi, nuestras pequeñas grietas forman parte de nuestra historia.

Y quizá ha llegado el momento de dejar de esconderlas.

Quizá ha llegado el momento de aprender a ver el oro.

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